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Dentro de la mente de un terrorista (o como reconocer a un terrorista)

El terrorismo actúa bajo la propaganda del hecho. Es un siniestro marketing que busca impactar en la sociedad y forzar reacciones políticas. La aparición de un nuevo tipo de terrorismo internacional, de filiación yihadista, trastocó la geoestrategia en la pasada década. Planteó los retos de las guerras asimétricas. Y nos recordó que se trata de un mal global: desde el atentado contra la selección africana de Togo al 11-J en Bombay (la India). También puso en juego los valores democráticos de Europa y EE UU: promovió guerras que levantaron gran oposición popular (Afganistán, Irak), tediosas medidas de seguridad y la aparición de cárceles secretas o alegales, como Guantánamo. Sin embargo, poco se sabe sobre lo que motiva a un terrorista a cometer los atentados. ¿Cuál es su perfil psicológico? No son psicópatas “No todas las barbaridades que ocurren tienen que achacarse a una patología mental”, explica el doctor Julio Bobes, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica. El terrorista tiene capacidad de reflexión, premeditación y estrategia. Se aleja del asesino instintivo. “No es un psicópata ni padece ninguna enfermedad mental en estrictu sensu que necesite tratamiento”, dice Bobes. Dispone de un perfil narcisista y/o mesiánico. “Son monoteístas de la verdad”, añade. Los traumas previos, o antecedentes en la infancia, no son condición necesaria para que nazca un terrorista. Superioridad «Padecen distorsiones perceptivas sobre el propio grupo. Lo consideran superior y merecedor de control de poder y los idearios sociales», explica la psicóloga María Paz García Vera, directora de la Clínica Universitaria de Psicología de la UCM. Se sienten mártires, personas incomprendidas, atacadas por un sistema social o político. Tienen condición grupal, de comunión basada en la cohesión que justifica pasar a la acción, así como vínculos morales, religiosos o nacionalistas. Sufren, antes de cometer sus crímenes, un paulatino proceso de desconexión de la realidad así como la pérdida de empatía con sus víctimas. Sin sentimiento de culpa Carecen de sentimiento de culpa debido a su pensamiento poco flexible y dicotómico (buenos y malos; conmigo o contra mí). Su capacidad de matar y de perder su propia vida se debe más a condiciones ambientales que psicológicas: antecedentes históricos e ideológicos, promesas de ascenso al cielo, ratificación social o bienestar para él o su familia. El dolor de las víctimas Las repercusiones psicopatológicas de un atentado como el del 11 de marzo en Madrid se extienden más allá de las personas que lo sufren. “El impacto es muy grande, aunque no todos reaccionan igual”, explica la doctora García Vera. La presencia del estrés postraumático en la población general tras un atentado varía de unos estudios a otros, desde el 1,5% al 43% (media 9%). Las víctimas directas sufren distintos síntomas. Evitan situaciones que les recuerden el atentado. Evitan pensar, conversar e incluso sentir, se muestran más irritables, con esporádicos ataques de ira. Duermen mal, pierden el interés por las cosas, tienen una sensación de desapego, sienten que el futuro es desolador, desconfían, se tambalean sus creencias. El mundo se convierte en lugar inseguro. Buscan explicaciones. Se sienten muy vulnerables.

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